Descubren talentos de hijos de limpiaparabrisas en albergue

Niños que son atendidos en la Casa de Día reciben alimentos, educación y entretenimiento mientras sus padres trabajan en la calle.

Miguel tiene siete años y quiere conducir ambulancias cuando sea grande; es bueno para dibujar y manualidades, reportan las maestras

Miguel no duda cuando se le pregunta qué quiere ser de grande. “Conductor de ambulancias”, responde. El niño tiene siete años. Mientras sus padres trabajan en la calle, pasa el día en un albergue de la Secretaría de Desarrollo Social.

Es la una de la tarde del viernes. Llegó tres horas antes. Ya desayunó y su maestra del albergue ya le dio clase. Ahora, junto con otros siete niños, ve la película “Angry Birds”, mientras come frituras.

“¡Ven, Miguel! Quieren platicar contigo”, le dice la trabajadora social que lo tiene a su cargo. Apenas voltea para ver quién lo requiere. Sus ojos están fijos en la caricatura. La maestra le insiste y a Miguel no le queda de otra que acudir al llamado.

El niño tiene siete años, pero habla como si tuviera 12. Platica que sus padres trabajan en la calle y por eso debe permanecer en el albergue. “Me gusta este lugar. Me dan de comer  y me enseñan a leer”, cuenta.

Cuando uno de sus hermanos quiere participar en la entrevista, lo aleja. Después sigue con su relato. Explica que le gustaría ayudar a las personas que están lastimadas y por eso quiere ser conductor de ambulancias.

En la pared hay hojas en las que están pintados muñecos, árboles y estrellas.  La maestra  asegura que Miguel es de los que tienen mayor facilidad para dibujar. El niño se levanta de su lugar y señala cuál de todos los dibujos es el suyo.

Después, Miguel reconoce en un cartel la letra “i”. La maestra platica que todos los alumnos están aprendiendo las vocales.

Miguel está en la Casa de Día desde las 10 de la mañana y se va cerca de las 5 de la tarde. “Mis papás nada más me piden que me porte bien”.

Desde las 9 de la mañana, trabajadores sociales salieron a la calle para hallar a más niños y sumarlos al programa para que estén seguros en el albergue.

Magdalena tiene cuatro hijas. La mujer, que no aparenta más de 40 años, vende agua en el cruce de Viaducto y La Viga.

Mientras trabaja, sus hijas, Vanessa y Lucero, de 7 y 9 años, juegan en el parque. Las niñas ven desde lejos a la brigada y corren para saludarla. Es hora de partir al albergue.

Todas se suben a la camioneta. Magdalena platica que su hija mayor, Jocelyn, de 12 años, no quiere ir al albergue.

“Me dice, ‘mamá, ¿quién te va a ayudar a vender?’ Yo le dije que mejor se quede a cuidar a sus hermanitas”, dice Magdalena convencida.

Frente a los trabajadores, Jocelyn no quiere hablar. Parece intimidada frente a todos. Cuando le preguntan algo, suelta una discreta risa, se esconde tras su mamá y la abraza.

Mientras, sus dos hermanas juegan con Monserrat, la más pequeña; apenas tiene dos años y medio.

Magdalena no esconde sus ganas de expresar que sus hijas tengan un futuro distinto. Pide que le ayuden a regresarlas a la escuela. El personal del albergue le explica que, por lo pronto, en la casa de asistencia recibirá clases.

La mujer dice que hace unos días estaba tan desesperada que mandaría a sus hijas con su papá. Después recapacitó.

A Magdalena le informan que las cuatro niñas serán recibidas en la Casa del Día a partir del próximo lunes.  Suelta un suspiro. “Vamos a salir adelante”.

FUENTE: LA CRÓNICA DE HOY

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