Un exnuncio apostólico asegura que el papa sabía de los abusos sexuales y pide su renuncia

El papa Francisco en Knock, Irlanda, el domingo, donde suplicó "el perdón del Señor" por los escándalos de abuso sexual eclesiástico que amenazan a la Iglesia católica

DUBLÍN, Irlanda — En el último día de la visita del papa Francisco a Irlanda, en donde ha ofrecido disculpas sinceras por los devastadores escándalos de abuso sexual por parte del clero, un exdiplomático de alto rango del Vaticano afirma en una carta publicada el 26 de agosto que el pontífice se había unido a los principales funcionarios del Vaticano al encubrir los abusos, y pidió su renuncia.

La carta, una bomba escrita por Carlo Maria Viganò, el exdiplomático de alto rango del Vaticano en Estados Unidos y un devoto crítico de Francisco, parecía ser difundida precisamente en este momento para lograr algo más trascendente que simplemente descarrilar los esfuerzos del papa para volver a atraer a los fieles irlandeses, quienes se han alejado de la Iglesia en grandes cantidades.

Sus acusaciones sin sustento y los ataques personales equivalieron a una extraordinaria declaración pública de guerra contra el papado de Francisco en quizás su momento más vulnerable, con la intención de remover a un papa cuyo predecesor, Benedicto XVI, fue el primero en renunciar en casi seiscientos años.

Viganò alegó que la jerarquía en el Vaticano era cómplice al encubrir las acusaciones de que el cardenal Theodore McCarrick había abusado sexualmente de seminaristas, y acusó a Francisco de que sabía sobre los abusos del ahora desacreditado prelado estadounidense años antes de que se volvieran públicos.

En una conferencia de prensa en el avión papal de regreso a Roma la tarde el domingo, Francisco fue cuestionado sobre si había algo de verdad en las acusaciones de que Viganò le había informado personalmente en 2013 del historial de abusos de McCarrick o si Benedicto había, de hecho, sancionado al estadounidense, como afirma la carta. El papa no lo negó, pero evitó las preguntas al insistir en que no las dignificaría al dar una respuesta.

“No pronunciaré una sola palabra sobre esto”, dijo. “Creo que la declaración habla por sí misma. Y tienen la suficiente capacidad periodística para sacar sus conclusiones. Es un acto de fe”.

El ataque de siete mil palabras contra los aliados de Francisco en el Vaticano, que fue publicado la mañana del domingo en horario de Dublín por varios medios católicos conservadores que son antagónicos a Francisco, representó una gran escalada en las crecientes y mordaces rivalidades de larga data dentro de la Iglesia.

Las facciones han batallado sobre la dirección que la Iglesia ha tomado durante el pontificado de Francisco; los conservadores, especialmente algunos cardenales y obispos estadounidenses, que advierten que su enfoque pastoral e incluyente y el énfasis en los temas sociales diluyen la doctrina de la Iglesia y representan una amenaza mortal para el futuro de la fe.

La tarde del domingo, más personas se unían a la batalla.

El cardenal Blase J. Cupich, arzobispo de Chicago, quien está alineado con Francisco y fue uno de los objetivos de la carta de Viganó, dijo en una entrevista telefónica que él sospechaba que anglohablantes le habían ayudado a Viganò a escribir la carta. Cupich llamó al papa “un hombre de integridad”.

“Si comete un error, lo admite”, dijo. “Es por eso que estoy convencido de que esto es algo sobre lo que va a responder de la manera apropiada”.

La disposición del papa y de sus aliados de ponerse en contacto con católicos gays ha enfurecido a los conservadores, muchos de los cuales, como Viganò, culpan a las personas homosexuales de la crisis de abusos sexuales. El papa ha argumentado que el abuso es un síntoma de una cultura de privilegio e inaccesibilidad entre los sacerdotes que valoran las tradiciones de la Iglesia por encima de sus feligreses.

El mes pasado, Francisco aceptó la renuncia de McCarrick —la primera renuncia en la memoria de las generaciones actuales— después de que The New York Times y otros medios publicaron recuentos de personas que presuntamente fueron abusadas y de que una investigación interna de la Iglesia en Estados Unidos calificara de creíble una acusación de que había abusado sexualmente de un menor.

No obstante, Viganò afirma que Benedicto ya castigó a McCarrick por su abuso de seminaristas y sacerdotes. El arzobispo escribe que Benedicto había prohibido que el cardenal estadounidense oficiara misa en público, viviera en el seminario y viajara para dar conferencias.

No hay registro público de una sanción y la acusación no ha sido confirmada. Cupich dijo que él no sabía de ninguna restricción que Benedicto hubiera impuesto a McCarrick como Viganò asegura.

“¿Cómo puedes tener restricciones secretas? ¿Qué significa eso?”, dijo Cupich y agregó que hubiera sido deber de Viganò como nuncio apostólico informar a los obispos estadounidenses sobre las restricciones. “¿Por qué no nos dijo eso? ¿Por qué no hizo que se cumpliera?”.

No obstante, Viganò acusó a Francisco de fallar en la aplicación de las sanciones a McCarrick y en lugar de ello el haberlo rehabilitado y empoderarlo para elegir obispos estadounidenses poderosos, incluido Cupich.

Viganò detesta a muchos de esos obispos, quienes ahora tienen influencia y promueven el enfoque pastoral de Francisco, y se quejó en la carta de ser privado de la voz tradicionalmente dada a un nuncio apostólico para elegirlos. Él atacó a esos obispos y cardenales por sus nombres, pero guardó su ataque más ambicioso para Francisco.

“Él sabía desde al menos el 23 de junio de 2013 que McCarrick era un depredador serial”, escribe Viganò sobre Francisco, al exigir al papa que renuncie.

“En este momento extremadamente dramático para la Iglesia universal, él debe reconocer sus errores y, en sintonía con el principio de tolerancia cero, el papa Francisco debe ser el primero en dar un buen ejemplo para los cardenales y los obispos que encubrieron los abusos de McCarrick y debe renunciar junto a todos ellos”.

En una recepción en 2013 en la biblioteca del palacio apostólico en el Vaticano, poco después de que Francisco fue elegido como papa, Viganò fue efusivo al alabarlo, al decir que su audiencia fue “extremadamente amable, extremadamente cálida”.

Sin embargo, en la carta del domingo, dijo que Francisco le había dado una fría recepción. Y dijo que el papa le contó el 23 de junio de 2013: “Los obispos en Estados Unidos no deben tener una ideología, no deben ser de derecha”. Entonces, Francisco, de acuerdo con Viganò, agregó que no debían ser de izquierda “y cuando digo de izquierda, me refiero a personas homosexuales”.

Fue entonces que Francisco le pidió su opinión sobre McCarrick, a lo que Viganò afirma que respondió: “Santo padre, no sé si conoce al cardenal McCarrick, pero si le pregunta a la Congregación de Obispos hay un expediente de este grosor sobre él. Él corrompió a generaciones de seminaristas y sacerdotes y el papa Benedicto le ordenó retirarse a una vida de oración y penitencia”.

Viganò, quien culpa a las personas gays por la crisis de abuso de menores que ha destruido la reputación de la Iglesia en muchos países, dedica secciones enteras de la carta a sacar del clóset a cardenales que él afirma pertenecen a lo que él caracteriza como una perniciosa “corriente homosexual” dentro del Vaticano.

“Estas redes homosexuales”, escribió, “que ahora están extendidas ampliamente en muchas diócesis, seminarios, órdenes religiosas, etcétera, actúan bajo el manto de la secrecía y las mentiras, con el poder de los tentáculos de un pulpo: estrangulan a víctimas y las vocaciones sacerdotales, y están estrangulando a la Iglesia entera”.

No es la primera vez que Viganò genera problemas en el Vaticano.

Viganò es un conservador cultural que nació en una familia acaudalada en Varese, Italia. Recibió el título de arzobispo de parte del papa Juan Pablo II en 1992. Posteriormente se unió al cuerpo diplomático de la Iglesia, una de las fuentes tradicionales de poder en el Vaticano, lo que le dio acceso a mucha de la información que cita en la carta. En 2009, fue designado por Benedicto XVI secretario del Governatorato del Estado de Ciudad del Vaticano, un cargo similar al alcalde de la ciudad.

Benedicto quería que realizara reformas gubernamentales, pero los esfuerzos de Viganò para lograr ese objetivo le valieron enemigos poderosos.

A principios de 2011, comenzaron a aparecer en los medios informativos italianos artículos anónimos hostiles que atacaban a Viganò. Este pidió la ayuda del segundo al mando de Benedicto, el cardenal Tarcisio Bertone, quien en vez de apoyarlo hizo eco de las quejas de los artículos.

Esas apelaciones y protestas, posteriormente filtradas por el mayordomo del papa, se convirtieron en el núcleo del escándalo de la Iglesia conocido como VatiLeaks, que muchos observadores de la Iglesia señalan que contribuyeron a la renuncia de Benedicto XVI.

La carta de Viganò, aunque es poco conveniente para el papa —quien pasó la mañana del domingo rezando por las víctimas de abuso en un altar en Knock, Irlanda— también ataca a un gran número de funcionarios del Vaticano actuales y pasados y prelados estadounidenses. A todos los nombra.

Dijo que sus predecesores en la nunciatura apostólica del Vaticano en Washington, ahora todos fallecidos, sabían sobre las supuestas relaciones de McCarrick con seminaristas y sacerdotes, y que lo habían reportado al Vaticano, pero que los sucesivos secretarios de Estado —Angelo Sodano, Bertone y Pietro Parolin— no hicieron nada.

Algunos sobrevivientes de abuso eclesiástico calificaron las acusaciones de ser una distracción.

“Estas son disputas internas entre facciones de la curia que están explotando la crisis del abuso y a las víctimas del abuso del clero como palancas en la lucha por el poder de la Iglesia”, dijo Peter Isely, un sobreviviente. “La crisis del abuso sexual no se trata de si un obispo es liberal o conservador. Se trata de proteger a los niños”.

Se espera que crezca la controversia sobre las acusaciones en los próximos días, especialmente si Francisco ha declinado negarla.

En vez de eso, en el vuelo del domingo, culpó a los medios por promover una “atmósfera de culpa” alrededor de los integrantes del clero sospechosos y compartió que hasta su visita él “nunca había escuchado sobre los conocidos hogares para madres y bebés, donde los niños eran alejados de sus madres solteras.

Él también buscó alcanzar el mismo tono de voz conciliatorio que cientos de miles de fieles escucharon horas antes conforme empezaba una misa en el Parque Phoenix en Dublín al pedir perdón de manera explícita por los pecados y el abuso de la Iglesia.

“Algunos miembros de la jerarquía no aceptaron su responsabilidad en estas dolorosas situaciones”, dijo en la misa. “Y se mantuvieron en silencio”.

FUENTE: THE NEW YORK TIMES ESPAÑOL

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