En Huixtla, al menos 30 migrantes piden repatriación a Honduras

Huixtla, Chis. La mañana de este martes se presentaron en el ayuntamiento de Huixtla tres migrantes de éxodo y con timidez y el corazón partido le pidieron a Ángel Jiménez, secretario del municipio, que querían regresar a su país. Argumentaron que se habían dado cuenta del inmenso trayecto que les faltaba por recorrer y que por favor los ayudara.  Jiménez consultó con amigos de una red personas involucradas en la migración que les sugirieron llamar a la Organización Internacional de Migraciones (OIM), agencia de la ONU.  Luego llegaron otros siete, diez, dieciséis más. Y cuando Ivonne Aguirre, representante de la OIM a Huixtla, ya era un grupo de cerca de treinta hondureños que habían tomado la decisión de dar la media vuelta y desandar el camino. Algunos con rabia, otros con las lágrimas contenidas. Y otros, como Carolina Aldámez, con una paciente resignación. Es una mujer flaquita y pálida. Lleva en brazos a la pequeña Leidi Sarahí, de un año tres meses.  El viernes pasado, cuando la familia Aldámez pernoctaba en el parque central de ciudad Hidalgo, después de cruzar en balsa el río Suchiate, Leidi empezó a asfixiarse. Una ambulancia la llevó a Tapachula, al nuevo hospital general. Llegó con 45 de fiebre. Le diagnosticaron neumonía. Al día siguiente le dieron de alta. Y ese mismo lunes hicieron el agotador recorrido de 40 kilómetros hasta esta población. Lógicamente la niña sigue enferma. Por eso Catalina está segura de su decisión: “si sigo el camino se me muere”, dice.  Ella salió de Ocotepeque, Honduras, con tres hermanas, un hermano y doce sobrinos. Regresa sola, con sus dos niños y la incertidumbre de qué pasará con ellos cuando lleguen a su casa. Ella es madre soltera y la mayoría en su pueblo se ha desplazado por la violencia.  La OIM les propone a los migrantes que quieren retornar, llevarlos a alguna parroquia donde puedan hospedarse con más comodidades que en el centro de esta población, saturada de basura y donde los migrantes del éxodo apenas encuentran espacio para moverse o para estar. Mientras tanto intentará organizar la logística del retorno, en principio a San Pedro Sula. Es una opción que les permite al menos no pasar por el filtro del Instituto Nacional de Migración, que a los integrantes de la caravana les despierta la más profunda desconfianza.  En lo que se hacen las listas entra al patio del ayuntamiento un hombre de civil acompañado de un empleado municipal.  –Licenciada, aquí mi cabo es del ejército, de la 36 zona militar, y quiere pedirle algunos datos.  La funcionaria declina hablar con el enviado castrense y promete a los migrantes que su información será tratada con toda la reserva debida. El militar se retira.  La gente que la rodea le agradece: “gracias, mamita, a esos les tenemos mucho miedo”, dice una mujer que se identifica como Gloria.  Una chica rompe en llanto. “Es que me da miedo regresar a mi pueblo, ¿qué tal si nos asesinan? Pero ya no puedo seguir el camino. Ya no puedo más”.  Gloria da sus razones de regresar: “dijeron que nos vamos a tener que subir al tren y yo a ése sí le3 tengo mucho miedo, de que mi hijo se vaya a caer. Al final de cuentas –dice– Honduras es nuestra tierra y la tenemos que aguantar”.

Huixtla, Chis. La mañana de este martes se presentaron en el ayuntamiento de Huixtla tres migrantes de éxodo y con timidez y el corazón partido le pidieron a Ángel Jiménez, secretario del municipio, que querían regresar a su país. Argumentaron que se habían dado cuenta del inmenso trayecto que les faltaba por recorrer y que por favor los ayudara.

Jiménez consultó con amigos de una red personas involucradas en la migración que les sugirieron llamar a la Organización Internacional de Migraciones (OIM), agencia de la ONU.

Luego llegaron otros siete, diez, dieciséis más. Y cuando Ivonne Aguirre, representante de la OIM a Huixtla, ya era un grupo de cerca de treinta hondureños que habían tomado la decisión de dar la media vuelta y desandar el camino. Algunos con rabia, otros con las lágrimas contenidas. Y otros, como Carolina Aldámez, con una paciente resignación. Es una mujer flaquita y pálida. Lleva en brazos a la pequeña Leidi Sarahí, de un año tres meses.

El viernes pasado, cuando la familia Aldámez pernoctaba en el parque central de ciudad Hidalgo, después de cruzar en balsa el río Suchiate, Leidi empezó a asfixiarse. Una ambulancia la llevó a Tapachula, al nuevo hospital general. Llegó con 45 de fiebre. Le diagnosticaron neumonía. Al día siguiente le dieron de alta. Y ese mismo lunes hicieron el agotador recorrido de 40 kilómetros hasta esta población. Lógicamente la niña sigue enferma. Por eso Catalina está segura de su decisión: “si sigo el camino se me muere”, dice.

Ella salió de Ocotepeque, Honduras, con tres hermanas, un hermano y doce sobrinos. Regresa sola, con sus dos niños y la incertidumbre de qué pasará con ellos cuando lleguen a su casa. Ella es madre soltera y la mayoría en su pueblo se ha desplazado por la violencia.

La OIM les propone a los migrantes que quieren retornar, llevarlos a alguna parroquia donde puedan hospedarse con más comodidades que en el centro de esta población, saturada de basura y donde los migrantes del éxodo apenas encuentran espacio para moverse o para estar. Mientras tanto intentará organizar la logística del retorno, en principio a San Pedro Sula. Es una opción que les permite al menos no pasar por el filtro del Instituto Nacional de Migración, que a los integrantes de la caravana les despierta la más profunda desconfianza.

En lo que se hacen las listas entra al patio del ayuntamiento un hombre de civil acompañado de un empleado municipal.

–Licenciada, aquí mi cabo es del ejército, de la 36 zona militar, y quiere pedirle algunos datos.

La funcionaria declina hablar con el enviado castrense y promete a los migrantes que su información será tratada con toda la reserva debida. El militar se retira.

La gente que la rodea le agradece: “gracias, mamita, a esos les tenemos mucho miedo”, dice una mujer que se identifica como Gloria.

Una chica rompe en llanto. “Es que me da miedo regresar a mi pueblo, ¿qué tal si nos asesinan? Pero ya no puedo seguir el camino. Ya no puedo más”.

Gloria da sus razones de regresar: “dijeron que nos vamos a tener que subir al tren y yo a ése sí le3 tengo mucho miedo, de que mi hijo se vaya a caer. Al final de cuentas –dice– Honduras es nuestra tierra y la tenemos que aguantar”.

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