Las heridas abiertas que dejó Pablo Escobar

El cuerpo sin vida de Pablo Escobar abatido por la policía en 1993. EPA

El avión despegó pasadas las 7.10 de El Dorado, el aeropuerto de Bogotá. Cinco minutos después, cuando sobrevolaba el municipio de Soacha, una bomba acabó con la vida la vida de 107 personas. La explosión provocó un incendio que, al alcanzar los tanques de combustible, hizo saltar en mil pedazos el Boeing 727 de Avianca. Los 101 pasajeros y los seis tripulantes del vuelo 203 se dirigían ese 27 de noviembre de 1989 a Cali. Un lunes más de trabajo que terminó nada más empezar en el horror, el atentado más terrorífico de Pablo Escobar, la acción criminal que demostró la dimensión de la guerra del narco contra el Estado colombiano. El capo del cartel de Medellín pretendía asesinar al futuro presidente liberal César Gaviria, entonces candidato, quien finalmente suspendió el viaje

Han pasado 25 años desde el día en que Escobar murió en el tejado de su último refugio, una casa del barrio Los Olivos, tras ser atrapado por una escuadra de 17 agentes. Su caída está rodeada, como toda la trayectoria del zar de la cocaína, de versiones y leyendas que alimentan un falso mito de héroe pseudorromántico. Colombia busca, no obstante, sacudirse ese estigma, las heridas profundas que dejó en la sociedad y en el imaginario colectivo, porque su memoria solo tiene que ver con miles de asesinatos. “El daño más grande que hizo la mafia en nuestra sociedad fue haber tergiversado nuestros valores: le quitó el valor a la vida y en su lugar le puso un precio a cada vida”, recordó ayer Federico Gutiérrez, alcalde de Medellín, una ciudad que lucha contra ese pasado y en las últimas décadas ha experimentado una importante transformación.

“La vida de Pablo Escobar ha estado muy mal contada”, lamenta Gonzalo Rojas, director de la Fundación Colombia con Memoria, creada en 2009 para atender a los familiares de las víctimas del vuelo de Avianca. En su opinión, las películas y las series corren el riesgo de blanquear la figura del narcotraficante. “Termina siendo personificada por actores muy talentosos y carismáticos que generan mucha empatía con la audiencia. Esa no es su vida, Escobar ha dejado a miles de víctimas, huérfanos, viudas, transformó proyectos de vida. Hay que ser muy críticos, entender que nos estamos viendo a un héroe ni un Robin Hood sino a un delincuente, un matón. Ese no puede ser el estilo de vida que queramos compartir”, enfatiza. Rojas tiene impresas en la retina las imágenes de la mañana en que perdió a su padre. “Tenía 10 años, estaba en el colegio. Recuerdo cómo recibí la noticia, fue la directora del colegio que me sacó a su oficina y me contó lo que había pasado. Desde muy pequeño me generó muchas reflexiones. De cierta manera ha encaminado mi vida”, continúa.

Enrique Ortiz rememora junto a su esposa, María Cardona, el calvario por el que atravesaron hasta tener la certeza de que su hijo Ramiro había fallecido.  “Era el mayor, trabajaba en la previsora de seguros. Su viaje era para Bucaramanga, pero a última hora se presentó un problema en Cali, entonces le llamaron y le dijeron: ‘Hombre tiene que irse para Cali'”, relatan. “Cuando nosotros seguimos las noticias no sabíamos si era o no era su avión, porque habían salido dos al mismo tiempo. Me fui para el sitio de la tragedia, me encontré con la policía, empezaron a mirar las cédulas de identidad y estaba la de él”, cuenta antes de asistir a una misa por las víctimas en la capilla del Gimnasio Moderno de Bogotá. “Pero pasamos tres días de zozobra porque reconocerlo fue durísimo, durísimo. Tenía 25 años”.

“Quería enterrarme viva, pero tenemos que seguir viviendo”, recuerda su madre. “Fue un trauma espantoso, yo no podía entender cómo nos había pasado eso. Ese hombre [Escobar] puso bombas en todo el país, hizo mucho daño. Era una bomba en cada esquina. Ahora se inventan unas telenovelas espectaculares, mejor dicho lo ponen como si fuera un héroe, pero fue el hombre más siniestro, era un demente, porque solo una persona demente hace unas actividades tan violentas y tan espantosas”, recalca María Cardona.

Los familiares del vuelo 203 fueron reconocidos hace una década por la Fiscalía como víctimas de un delito de lesa humanidad. Hoy cada uno sigue afrontando como puede el dolor de la ausencia. Yamile Charry encontró el valor de enfrentarse a uno de los sicarios del cartel en las redes sociales. “Salió de Medellín Jhon Jairo diciendo ya pagué por todo lo que hice”, describe a propósito de Jhon Jairo Velásquez, alias Popeye, que en 2014 salió de prisión y el pasado mayo volvió a ser detenido por extorsión y otros cargos. “No”, zanja. “Yo le escribí, porque el tipo se volvió muy popular. Le escribí al Twitter de él. Y le dije que no sé hasta qué punto se piensa que pagó. Pero usted no ha pagado. En mi corazón usted no ha pagado”.

Su voz se quiebra al mencionar a su madre, Amparo Ortega de Charry. Yamile tenía 13 años. “Ella era contadora pública, era auditora de Colpatria y viajaba por trabajo, como casi todos. De entrada, yo lo acepté primero y mi hermano no. No se mide ni la gravedad ni la dimensión de lo que pasó, aparte de que fue un ataque muy tenaz, aparte de que fue lesa humanidad, perder a una mamá es muy tenaz, no se mide”, afirma. “Yo no puedo perdonar”.

FUENTE: EL PAÍS

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